Lectorsillos

viernes, 19 de noviembre de 2010

Aún cuando se tiene el corazón partido, destrozado, hay que reconocer el amor que poseyó. Lo que lo llenaba inmensamente y lo pacificaba. El sentimiento que lo hizo volver al rojo vivo después de tantos tonos bordó. La ilusión que lo gratificaba y le hacía querer gritarle al mundo sus sueños, sus esperanzas, sus anhelos. Pero claro, una vez acabada la ilusión no existen otros colores que no sean grises. Todo pierde su gracia, su razón de ser, su magia, su santidad. Vemos el mundo de otra forma: todos nos quieren hacer daño, ese es su fin. Caemos en la eterna oscuridad del llanto y los malos pensamientos. Odiamos a la naturaleza, al amor, y especialmente a la primavera; odiamos lo bello de la vida. No encontramos esos pequeños momentos que la hacen valer. Nos sentimos flotando en el mar, solos sin companía alguna, sabiendo que en algún momento podemos ahogarnos y nadie se enterará.