Mientras aquella mujer extraña sentada en frente suyo apagaba el cigarillo en el suelo, ella se daba cuenta que todo lo que quedaba eran cenizas, y una chispa de luz que se iba desvaneciendo de a poco. Tal cual su esperanza desvanecia esperando lo inesperable.
Simultáneamente, una lágrima oscura repleta de rimmel, recorrió su rostro en cuestión de segundos. Ya estaba todo acabado, no quedaba nada por hacer; lo que no pudo ser no podrá ser. Ahí comprendió que no valía la pena nada de lo que estaba haciendo, si no hay esfuerzo de las dos partes nada funciona. Lentamente se colocó su chaqueta y salió caminando suavemente, sin rumbo alguno pero con pasos seguros. Enfrentando el tráfico de la metrópolis en ese día nuboso e inconcluso.
